Metralla Rosa con Carla Tofano
No deja de sorprenderme toda la potencia que sobrevive atrapada en el centro del miedo. Salir de la casa en la que vivía con mi familia fue poner mis dos pies en un remolino que me despojó de mi misma, y que al mismo tiempo me alcanzó para sembrarme certezas que solo se hicieron palpables cuando salté al vacío. Cuando cerré la puerta de la casa victoriana que fuera mi corral durante varios años, en Bramshill Gardens, (en el norte de Londres) pude finalmente abrirle la jaula al terror que existía parasitado en mi plexo solar desde hacía décadas. Con cada paso que daba para alejarme de aquella casa, me acercaba a una nueva comprensión de mis propios miedos que no valía la pena intentar intelectualizar. Se trataba de una vivencia totalizante y ajena a cualquier comprensión retórica, que abría en mi centro vital un portón, un portal, una salida de emergencia que había intuido entre abierta durante años, y que no había logrado atravesar con el cuerpo hasta ese momento: lapidariamente especifico y estruendosamente concreto. Al cerrar aquella puerta y cellar aquella despedida, caí sin paracaídas en mi propia vía de escape interna, convirtiéndome en un embudo de vivencias centrífugas y emociones concéntricas. Mientras caminaba al encuentro con mis miedos, un aplomo que desconocía parecía hacerse palpable y venir a mi rescate. Y con cada paso que daba me adentraba en el rugido moribundo de siglos de batallas perdidas y ganadas, antes de nacer.
Decirle adiós a la convivencia cotidiana con mis dos hijos que entonces tenían 17 y 16 años, significó atravesar una solitaria y silenciosa agonía que aun me resulta doloroso revivir. Sin embargo, en esta oportunidad el miedo que en otras oportunidades me paralizaba, me empequeñecía y me encorchaba, parecía estarme alimentando de una energía propulsora a la que necesitaba acceder para moverme de lugar. Parecía estar transitando una falacia, una mentira, y al mismo tiempo era capaz de experimentarlo todo con inusitada claridad y determinación. Mientras más miedo sentía con más coraje me movía. Y aquella tarde, después de cerrar aquella puerta, la puerta de la que seria a partir de aquel segundo mi ex-casa, me vi dando pasos por una calle llena de jardines atendidos con esmero, y me vi arrastrando con gracia y con energía una maleta que contenía solo lo que era capaz de cargar. Rodando en bajada se fueron abriendo heridas que ni siquiera sabia qué tenia pero que estaba dispuesta a dejar supurar. Acicalada con el usual esmero, perfumada, y pisando firme con mis sospechosas plataformas habituales, llegué a la estación de metro Tufnell Park y entrando a ese mundo subterráneo gracias al cual llegaría a mi próximo destino, me despedí para siempre de la mujer que hasta esa tarde había sido.
Yo que derramo lágrimas conmovidas por casi todo, aquella tarde no pode llorar. Estaba tan aterrorizada, que no lograba sentir otra cosa que un impulso irrefrenable y al mismo tiempo el vértigo que sentía se sentía como la garra de un águila sosteniéndome desde el estómago. Las alarmas de todos mis mecanismos de supervivencia parecía haberse encendido y sabia que no se aquietarían hasta nuevo aviso. Y probablemente para salvaguardarme de mis propias inundaciones, me había convertido en una bola funcional de angustias y cortisol. Para poder actuar con cordura y para poder resolver todos los problemas prácticos que se me venían encima, viví durante meses poseída por una potencia que aun siendo muy mía, me era desconocida. El miedo que corría todo mi cuerpo no me tomaba por sorpresa. Había convivido con el durante años, pero no esperaba que a consecuencia del gesto mecánico que significó cerrar detrás de mí aquella puerta, cambiaria tan rápido sus modo de hacerse manifiesto.
Después aquella salida en apariencia poco dramática de la que había sido hasta ese momento “mi casa”, viví con mi amiga Marianna. Yo le pedí auxilio y Marianna generosamente me recibió en el hogar que compartía con sus dos pequeños retoños y con Morten, su esposo. Marianna y yo nos conocíamos desde la escuela, ambas estudiamos en la misma escuela primaria bilingüe en Caracas, en el colegio Agustin Codazzi (en La Florida), y después de muchos años de distancia geográfica y bifurcaciones existenciales de toda índole, nos habíamos reencontrado en Londres, para corroborar que aunque nos queríamos mucho, no necesariamente estábamos en el mismo lugar mental y mucho menos en el mismo lugar emocional. De hecho, después de esa estadía de varias semanas en su casa, caminos desencantados nos alejaron de nuevo. Pero volviendo al orden de los acontecimientos en el que se fueron sucediendo en mi vida de entonces las cosas, después de habitar la recamara de lujo que Marianna tenia para la visita y que yo disfruté, dándole a las vida gracias todos los días, regresé al norte de Londres, pero esta vez para caer en los brazos y en la casa de mi amada amiga Carla.
Viví con Carla, la hermana de mi ex compañera de la universidad, Sara, en Crouch End, una zona re-contra burguesa y de tricky acceso en transporte público, en la que Carla tenia un precioso nido de amor que tuvo la generosidad de compartir conmigo, sin peros, sin paso de facturas y sin reservas. Carla es sin duda la mujer mas generosa, amorosa, consecuente y solidaria con la que pude haberme encontrado en un momento como el que atravesaba. Con Carla aprendí que el afecto genuino y la transparencia humana son utopias posibles, y aun sabiendo que su intención nunca fue la de aleccionarme en ningún sentido, su encantadora compañía me dio lecciones de mucho peso. En casa de Carla estuve un poco mas de tiempo que en la de Marianna, y el tiempo que estuve viviendo con ella y sus dos hijas, me permitió juntar el dinero que necesitaba para pagar el primer mes y el depósito de una habitación en Peckham. La primera habitación en la que viví sola después de saltar al abismo, y mi única residencia en el este de Londres durante mi vida en la metrópoli.
En aquella época no solo tuvo lugar en mí una crisis profunda familiar y de identidad en general, también atravesaba una gran incertidumbre en relación a mi circunstancia legal en el reino Unido. Hasta el día de mi separación yo había sido dependiente de mi ex esposo y mis hijos también lo eran. Los cuatro teníamos pasaporte venezolano y visa, en el caso de mis dos hijos y yo cómo dependientes de un estudiante de posgrado. Sin embargo, justo el año de nuestra separación, la Visa de Edmundo debía ser renovada y estaba claro que ya no seria cómo grupo familiar que se llevaría a cabo el proceso. En Noviembre, justo después de ese verano de resquebrajamiento profundo de las estructuras que nos sostenían a los cuatro, todo se vino abajo y estaba claro que en mi caso, me tocaba empezar a resolver, por mi cuenta, que posibilidades tenia para renovar mi visa. Hasta ese momento todas las diligencias legales las gestionaba Edmundo, y me daba cuenta que haber puesto el orden legal de mi vida en manos ajenas para ahorrarme las angustias en las que estos trámites me hundían, me había convertido en una dependiente absoluta de las decisiones de Edmundo, quien no siempre discutía conmigo los detalles de lo que nos convenía. Edmundo consideraba mi opinión irrelevante, y en el mejor de los casos redundante, por lo que yo no me enteraba de muy poco.
Para el momento de mi ruptura matrimonial, nada me intimidaba mas que un trámite legal, y al poner mis dos pies del otro lado de la vida que tenia, para comenzar a construir la vida que me esperaba, lo hacia sabiendo que serian muchas las luchas legales a las que tendría que hacer frente desde ese momento. Sin dinero, sin un trabajo estable, sin experiencia en temas legales migratorios, sin seguridades jurídicas, sin familia y con la devastadora sensación de incapacidad e inadecuación que me devoraba desde adentro, comenzé de a poco a intentar comprender que debía hacer para poder darle continuidad a mi legalidad en el Reino Unido, y emprender de este modo un nuevo capítulo de mi vida en Londres.
Conseguir la habitación en Peckham en la que viví por un año fue sin duda un milagro que le debo a mi buen amigo, el pintor venezolano Rodolfo Villaplana. Paul, el artista plástico que me alquilaba la habitación en la que viví el primer año de mi vida post matrimonial y el año probablemente mas crucial de mi vida hasta el día de hoy, fue un compañero de piso idóneo. La habitación que me ofreció techo y cuatro paredes dentro de las cuales depositar mis pertenencias, y descansar, una vez finalizadas las largas jornadas laborales en las que me embarcaba cada día, fue siempre un refugio feliz aunque yo no estuviera en un lugar feliz. De hecho, no la decoré, no la personalicé, no invertí en ella ni dinero, ni demasiadas esperanzas. Me conformé con rellenar aquella recamara con mi presencia, con mis objetos personales, y con el enorme espacio que ocupaban mis miedos, mis dudas, mis traumas y mis fatigas cotidianas. Aquel apartamento en Peckham estaba en el cuarto nivel de un edificio sin ascensor, y tenia la atmósfera perfecta para alguien con mis inclinaciones estéticas. Era super pequeño pero no lo recuerdo claustrofóbico. Una noche, después de haber mudado el primer gran lote de cosas a mi habitación, mientras exploraba a solas la sala del apartamento, me dí cuenta que Paul, que era imposiblemente inglés, tenia una estatuilla de Maria Lionza en una de las repisas del área del comedor. Primero me costó creerlo y luego entenderlo. Sin embargo, no duré mucho en tomarlo como un signo de buen presagio: estaba donde tenia que estar viviendo lo que tenia que vivir.
Mientras estuve alquilando aquella habitación en casa de Paul, mi vida podía reducirse a una ecuación bastante sencilla. Muchas horas de trabajo, pocas horas de descanso y la sensación de estar nadando constantemente contra la corriente de un caudal indetenible de eventos y de eventualidades que venían constantemente a mi encuentro. El miedo omnipresente que sentía y que me habitaba subyacente, palpitante, por debajo de la piel, era paradójicamente lo que parecía mantenerme en movimiento y lo que me impedía claudicar, o abandonarme a comportamientos auto destructivos que pudieran hacerme realmente daño. Eventualmente salía con mis colegas modelos, y aunque no me sentía desolada, ni sola, me sentía fisica y materialmente vulnerable. Siempre a un paso del mas irremediable desamparo. Fue durante ese periodo de tiempo que comencé a consolidar los cimientos de Art Model Collective y mi vida social era suficientemente dinámica como para sentirme conectada con la ciudad y con mis posibilidades dentro de ella. Recuerdo que un día, mientras estaba en mi cama, preparándome para despedir el día, recibí un mensaje de Manko, diciéndome que un fotógrafo había escrito a la página web de Art Model Collective explicando que quería ponerse en contacto conmigo para explorar la posibilidad de hacerme fotos. Manko me escribió para advertirme que su nombre era Kerry y para decirme que se había permitido darle mi correo.
Lo que inició como la posibilidad de desarrollar un proyecto fotográfico con varios personajes femeninos de naturalezas arquetípicas muy diversas, terminó como un affair que no hizo otra cosa que reforzar mis mas intrínsecos miedos en relación a mi propia valía y a las posibilidades reales que me ofrecía el futuro. Me negaba a verme como una mujer de mediana edad, colgada de una patética ilusión de independencia y cegada por una necesidad de libertad a todas luces contraproducente. Temía que el atrevimiento que me había movido a desafiar la moral castrante de mi sistema social, terminara por costarme el peso en oro de cada uno de mis sueños. Me negaba a verme bajo la vara escrutinadora, castrante y descalificadora que sabia muy bien otros podían utilizar para medirme.
Cuando Kerry, por decisión propia se acercó a mí, yo tenia cero interés de caer en las enviciadas garras depredadoras de varón alguno. El profundo cansancio emocional que me sostenía también me protegía de resbalar en innecesarios y francamente prescindibles entuertos sentimentales. Tenía tantas necesidades concretas que resolver, y me quedaban tan poca ingenuidad y candidez para repartir, que se me hacia natural invertirme únicamente en situaciones que se sintieran estricta y puntualmente constructivas. O por lo menos que lo fueran desde mi desencantada pero al mismo tiempo optimista perspectiva de sobreviviente. Necesitaba fuerza física y foco para correr de extremo a extremo de la ciudad y para llegar puntual a las múltiples citas que tenia cada día. Necesitaba sentirme encantadora frente a grupos de artistas sedientos de armonía, inspiración y belleza venusina, y necesitaba tener la mente bajo control para poder sobrevivir a largas horas de contemplación interior sin enloquecer. Mas que nunca, en mi vida se hizo principio pilar el antiguo precepto helénico que reza, que una mente sana necesita un cuerpo sano del que apropiarse para salvaguardar su cordura.
Sin embargo, aunque tenia clarísimo que mas valía desconfiar de cualquiera que aterrizara en tu vida valiéndose del poder del elogio, y con la promesa de ‘hacer arte juntos’, también tenia una necesidad tal de vivir situaciones que se sintieran reconfortantes desde un punto de vista emocional, que de a poco, fui sumergiéndome en el lodo de la ilusión romántica, hasta embarrarme de nuevo enterita. Como dice el viejo proverbio, el diablo sabe mas por viejo que por diablo, y Kerry contaba con la experiencia y con la maña. Lo primero que hizo fue bombardearme con un compendio fabuloso de fotos en blanco y negro extraídas de escenas cinematográficas que evocaban la estética de la Dolce Vita, para mostrarme el tipo de imágenes que le interesaba lograr conmigo. A esas imágenes que ya me inspiraban de un modo casi irracional le siguieron otras en plan Glam Rock de los setenta y ochenta en las que se colaba Debbie Harry en hot pants y Joan Jett en su poderosa fase con The Runnaways.
El hecho de que el, que había fotografiado a Penelope Cruz, a …. Y a Nick Cave entre otros, pudiera verme en ambos escenarios ya me conmovía lo suficiente como para bajar completamente las defensas, e incluso antes de que yo pudiera sacar un minuto de tiempo libre para embarcarnos en la primera sesión de fotos planteada como inicial, Kerry compró por Internet un micrófono estilo años cincuenta, con la intención de recrear conmigo las imágenes de una cantante de jazz a lo Ella Fitzgerald, en la que yo pudiera exorcizar las tragedias que me atravesaban convirtiéndolas en experiencias potencialmente fotogénicas. Todas las ideas que tenia me encantaban. No hubo una que no me conmoviera de un modo muy personal. De hecho, desde niña había soñado con la oportunidad de habitar, aunque fuera por un instante, el cuerpo de alguna de estas realidades iconograficas que Kerry estaba compartiendo conmigo. Después de todo lo que me había vapuleado, allí estaba yo, parada frente a la posibilidad de crear ficciones escenográficas a la medida de mis mas añejas e indelebles fantasías para darle así, al mito de mi propia experiencia un aura de auténtica trascendencia.
No pude y no quise resistirme. Primero hicimos unas fotos en un parque en Brixton para romper el hielo creativo. De este primer encuentro resultaron unos retratos bastante espontáneos que aunque no estaban mal, tampoco me impresionaron demasiado. Esa misma noche me invitó a cenar, luego fuimos a un bar en el que conversamos por horas, y poco a poco, fuimos estrechando distancias, compartiendo puntos de vista, intimidades, historias, secretos. Cuando pude darme cuenta los poemas que me había enviado y que en un principio me habían resultado apresurados, o en extremo apasionados, se habían convertido en memorias de las que me colgaba para intentar comprender como carrizo había pasado de estar en control a estar en la mierda. No entendía como había pasado de ser la parte menos crédula entre los dos a de pronto, en tan poco tiempo, sentirme quebrada. Todo empezó rápido y todo acabó pronto. Logramos trabajar en dos de los múltiples escenarios fotográficos que nos habíamos inicialmente planteado, y nada mas. Con los enredos emocionales, no tardó en llegar la necesidad de romperlos. Y antes de que pudiera darme cuenta estaba chapoteando en el pegajoso lodo de la desilusión. Colgada del deseo de darle continuidad al encuentro de nuestros perversos corazones, me fui alejando de la fuerza que me había sostenido de pie, fuerte y altiva, antes de conocerlo.
Y mientras deambulaba el mas solitario de los guayabos, un lugar lleno de huecos y de remolinos concéntricos -que me ensimismaba permitiéndome al mismo tiempo ser espectador silencioso de todo lo que acontecía a mi alrededor-, durante una clase de dibujo tuve un ataque de pánico. Estaba comprometida con una pose larga que me exigía presentarme de lunes a viernes, durante tres horas, en el mismo Atelier, para posar desnuda por tres largas horas me rescataban del barullo exterior, para ahogarme en el interior. Estar trabajando en las tardes me permitía alargar algunas de mis mañanas, y arrastrarme del sueño a la vigilia con la lentitud que normalmente necesito para despertar al día sin prisa. Por aquellos días lo necesitaba especialmente porque estaba reorganizando mis expectativas, mis planes y mis prioridades. No había sido demasiado precavida en mi acercamiento a Kerry, y ahora estaba intentando salir del esponjoso tejido en el que mis propias desencantadas telarañas me tenían prisionera.
Me daba rabia entender que había caído en juegos que habría podido jugar sin quitarme el casco y la armadura, pero era tarde para ponerme a contemplar las posibilidades de lo que habría podido ser. Y como todos los días de la semana, sentada en pose de sirena, mirando hacia la pared le daba vueltas de canela en mi cabeza a mis tristezas. Mientras iba cayendo en escenas fatalistas y pronósticos catastróficos en relación a mi futuro, el corazón comenzó a bombearme gasolina, adrenalina pura y dura me reventaba las arterias del pecho y el cuerpo entero comenzó entonces a latir mil miedos galopantes y a robarme la poca fortaleza que me quedaba. Me salvó la pose, me salvó mi voluntad como modelo y me salvó la testarudez de hacer lo que debía en vez de lo que quería. Como no podía moverme, no me quedó otra que cerrar los ojos y comenzar a respirar a través de un pánico letal. Unas suerte de saber instintivo me permitió respirar con velocidades variadas y cuando vine a ver, habían pasado varios minutos y las alarmas de ansiedad interna extrema parecían haber cedido para dar paso a una descesaceleración de todas mis glándulas, todos mis órganos y todas mis células. Sentía que desvanecía. Que me habia quedado sin oxigeno. No entendía lo que había sentido pero sabia que mi cuerpo se había acercado a un limite del que no entendía cómo había logrado salir ilesa.
No dije una palabra. No lo conté. No lo verbalicé. No busqué respuestas en internet. No hice absolutamente nada. No quería debatir con nadie lo que había sentido aquella tarde. Había sido tan intenso y tan solitario ese momento que así se quedaría. Solo esperaba que no se repitiera. No quería sentir que explotaba, que moría, que mi desilusión me superaba, que mis miedos me devoraban sin darme tregua. No quería volver a ese latido frenético ni a esa cabeza llena de alarmas ensordecedoras. La vida parecía demasiado compleja para alguien como yo y solo por eso a veces deseaba evaporarme, transmutar, desaparecer. Sin embargo, esa tarde me pareció que mi cuerpo habia dado patadas de burro enloquecido para evitarme la muerte.
Me parecía que los alumnos que me estaban dibujando habían notado mi crisis de pánico, me parecía que habían notado mi falta de placidez, mi tensión, mi locura, pero no no habia sido el caso. Nadie vió nada, nadie percibió nada, nadie intuyó nada. Todo habia ocurrido fronteras adentro y enseguida comprendí que el no haber podido moverme hizo que respirara mis miedos y los alquimizara desde la respiración. La mente sigue al movimiento, pero como no había podido moverme con la desesperación que mi mente sugería que lo hiciera, como cerré los ojos y respiré, la mente fue entendiendo lo que el cuerpo ya sabia: todo estaba bien, estaba a salvo, ni había muerto ni moriría.